Érase que se era
una risa muy traviesa
risa franca, risa inmensa,
risa estruendosa e inquieta;
se colaba entre los poros,
se colaba en las fiestas,
se colaba en el sentido,
de majestades y reinas;
y todo porque un día
sin que nadie lo esperara
en el palacio de turno
a la luz de la mañana
en la cara dura y fría
del que yacía difunto
se dibujó una mueca
entre arrugada y aviesa,
el público que allí estaba
entre horrores y lamentos
crédito a esto no daba
y se apartaron del muerto;
las cortinas se movieron,
las bombillas se apagaron
los ayes se propagaron
y las velas se encendieron;
en el fondo del salón
escondidos entre velos
apartados del rumor
el caballero metía
la mano entre los pechos
de cierta dama enlutada,
vestida toda de negro
que en la cara traía
de todo menos lamento;
la chusma callada y quieta
esperaba el momento
sin saber lo que esperaban
pero repletos de miedo;
y en el silencio expectante
con ronco y duro acento
desde el listo al botarate
se escuchó gritar al muerto:
Caballero que te escondes
entre los tules y velos
metiendo mano a mi dama
sin cuidado ni recelo,
dama que hoy es mi viuda
y que ayer me trajinaba
será la que a ti mañana ,
no tengas ninguna duda,
te pondrá la cornamenta,
con Juan, con Pedro y con Flores
como a mí me la puso,
sin que llevara la cuenta
con todo el que hiciera uso
de dineros y de rentas,
porque no hay en el reino
dama que tenga más tino
en descruzarse las piernas
como que la que ahora tienes
entre las tuyas contenta.
Por esto aquestas risas
que sonaban muy dispuestas
al ver la cara del conde
entre las fauces de ella,
que le miraba asustada
temerosa e inquieta.
El finado se tumbó
con las manos enlazadas,
el conde se escapó
de los brazos de su amada
y la chusma que reía
con lágrimas alborotadas
en un aplauso rugió
y al finado le cantaba:
De un ataque murió
por la puta de su dama
y en el centro del salón
dio su postrera estocada.
Athena